La marisma de los sueños


   La noche ya cae. Ando solo por una calle tranquila observando figuras que se cruzan ante mí. El silencio pone atención en mis pasos. El cielo se rompe cuando miro las primeras estrellas. El aire no se cruza conmigo aunque puedo olerlo. El ruido es lejano y concentrado. Una bendita calma me hace forzar el paso hasta la marisma  que está al final de la calle. Ahora estoy allí solo. Perdido y bien hallado. El espacio y yo. Mis pulmones empiezan a llenarse del aire de aquel lugar, mezcla de sal, vegetación y fango. Me vienen recuerdos que nunca tuve, pero que sé que viví. Me siento sobre unas escalerillas de un viejo molino de agua y me siento a divisar todo lo que  mi vista alcanza. Es mágico-melancólico quedarse allí. Puedo ver las pequeñas luces de las barquitas y las de la Isla al fondo.

Mi alma se relaja y mi corazón y mente  saben que yo soy de allí. De este lugar que me vió brotar como retoño de esta tierra.Ya apenas se ve pero puede escucharse. Mis pasos escuchan la hierba y ahora el viento parece susurrarme. Aquel atardecer todo parecia tranquilo, como siempre, cuando vi una mujer a lo lejos .Caminaba sola a lo largo de la marisma.Vestía con unos harapos que parecieran blancos y  hasta podría describir su rostro. Sentí estremecerme porque sabía que nada debería estar allí. Me levanté para verla bien, cuando ella levantó su mano. No supe si me saludaba o quería pedirme algo. Pero me dirigí caminando hacia ella. Cuanto más me acercaba, más nervioso estaba y más confiado la miraba. A pocos pasos ya de ella pude ver bien su cara. Sus ojos transmitian increiblemente una seguridad que yo no esperaba. Sus facciones eran suaves y sus manos tenían tanto magnetismo que me hizo cogerselas. Sin decirme nada me las apartó y con su mirada comprendí que quería que la siguiera. Sin saber que estaba pasando, la seguí por las entrañas de la marisma ya casi en oscuridad. Era una mujer de mediana edad, de delgados huesos y su pelo le cubría media espalda. No usaba zapatos sino unas sandalias de lino y su caminar era el de alguien acostumbrada a aquel lugar.
  Trás quince minutos adentrándonos en la oscuridad de la fantasmagórica marisma, ella, repentinamente se giró y me volvió a mirar. Esta vez pude ver en sus ojos el dolor, la soledad y la desesperación.
  -Este es solo mi cuerpo, me dijo. Viví aquí en este lugar donde tú también vives hace muchos años. Nací por amor, viví por amor y morí aquí por amor.
  -Fuí asesinada y enterrada aquí por mi marido hace casi 200 años y no  puedo escapar de la marisma. Mi cuerpo necesita descanso y te he llamado para que desentierres mi cuerpo y  me vuelvas a enterrar al lado de mi marido, junto con un pequeño puñal, un saco de fango y dos piedras.Tuve que hacerme fuerte al escuchar esto, y le pregunté que como haría eso.  Ella señaló con su dedo el lugar, justo delante nuestro. El agua estaba más quieta por ahí que a todo lo largo de aquel canal. La vegetación tenía un color rojizo oscuro y parecia tener menos vida que el resto.
-Voy a ayudarte, le dije, y entré en el agua. Mis piernas se hundían en el barro y tanteaba con las manos buscando el cuerpo de aquella mujer. Al rato de dragar la zona que ella me señaló, noté algo rígido  y me quedé paralizado por un momento. Separé el fango hacia otro lado y al girarme para decirle que habia encontrado algo, ella ya no estaba.  Me levanté mirando alrededor pero no pude ver nada ya.
  Supe que no la vería más, al menos de la forma que yo la habia visto y me puse a desenterrarla. Pero aquello no parecía un cuerpo. Después de un gran esfuerzo una esquina quedó libre y pude tirar hacia arriba. Era una caja de madera del tamaño de una almohada y que conseguí subir. Estaba negra de lodo y me quedé mirándola como si estuviera mirándola a ella. Estaba muy oscuro y no podía ver casi nada. Decidí que tenía que abrirla allí mismo. Hize palanca con una pequeña navaja que llevaba y la caja se rompió en tres pedazos. Era algo muy extraño. No había ningún cuerpo. Solo había un saquito con tierra húmeda, dos piedras y un papel dentro de una botella.
 Tomé las dos piedras, el saquito de lodo y aquella botella y las puse amodo de atillo en mi chaqueta. Abandoné el lugar creyendo que hacía algo bueno por aquella mujer, y tranquilo me fui hacia las afueras, donde estuve sentado.
  Allí con algo más de luz desenvolví el atillo y observé aquellas cosas que no tenian sentido para mí. Mi curiosidad fue tanta que saqué el papel de la botella para leerlo. Era un viejo papel de color sepia que con letra pequeña y dulce decía:
  Llevo muchos años esperándote amor mio. Sé que algún dia me encontrarás y seré libre. Si haces lo que me prometiste, te recompensaré. La recompensa  es tu felicidad y está dentro del saquito de tierra.
  Perplejo, me apresuré a abrir el saquito. Efectivamente habia otro papel más pequeño y arrugado del que pude leer lo que decía: Paqui es la persona que esperas. Cuidala más de lo que me cuidaron a mí y de lo que la cuidaron a ella.
  Sin saber nada y confundido, regresé por mis pasos por donde vine con aquel trocito de papel del que aún conservo.

1 comentario:

  1. Preciosa historia la que has escrito.La mujer de la historia a pesar que han pasado muchos años,parece concer la mia propia,porque se asemeja mucho a la mia y quizas por eso te pide que me cuides.Me alegra saber que te diga que soy yo la mujer que estabas esperando.Voy a intentar que con mi inmenso cariño seas muy FELIZ

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