Sid Vicious agresor más que transgresor

Nunca me encontré con Sid Vicious;  Y no lo lamento. Traté (entrevisté) a los otros Pistols y fue deprimente. Steve Jones y Paul Cook, guitarrista y baterista, eran dos cazurros cerveceros; Johnny Rotten exhibía inteligencia por encima de la media, pero su humanidad estaba forrada de lija y saboteaba los rituales periodísticos.
De Sid conocía su crueldad y cobardía. En un concierto de los Pistols, cuando todavía figuraba Glenn Matlock como bajista, golpeó la cabeza del periodista Nick Kent con una cadena de bicicleta, dejándole cubierto de sangre. Llevaba como protección a un colega con navaja automática que evitó que alguien socorriera al plumilla. ¿Motivo del castigo? Ninguno, aparte de destacar en el clan de los sexpistoleros, el denominado “contingente de Bromley”. Ese incidente, perversamente amplificado por el promotor Malcolm McLaren -“la mala fama es la mejor publicidad”- le ganó el apodo de Vicious (“violento” o “malévolo”), aunque ya había otras hazañas flotando: que ya había dejado ciega de un ojo a una chica al lanzar una botella en un concierto de los Damned, o que el mote era sarcástico, ya que resultaba un lastre en cualquier pelea multitudinaria. El disparate no paró allí: unos meses después, reemplazaba a Matlock, que había cometido el pecado mortal de confesar que le gustaban los Beatles. Marcus Gray, biógrafo de los Clash, insiste que la ecuación “punk = violencia” fue obra de Vicious, al que sitúa en el centro de las broncas que establecieron la peor reputación de la tropa de los imperdibles y su antagónica relación con otras tribus.
A su manera, Kent se vengó. Reveló que conoció a Sid en los aledaños de un concierto de los Rolling Stones y que intentaba colarse (confesar el mínimo interés por los Stones era pecado en el submundo punk, aunque todos y todas admiraban secretamente a Keith Richards). Kent también difundió las tendencias homicidas de Sid. En la gira fatal de los Pistols por Estados Unidos, el kamikaze se encaprichó de las botas de piel de serpiente de un fotógrafo que acompañaba a los británicos. El tipo accedió a prestárselas pero exigió devolución. Una noche, mientras el autobús devoraba kilómetros, alguien del equipo vio horrorizado a un Sid tambaleante, aparentemente dispuesto a clavar un cuchillo en el dormido fotero. Intervino y desarmó a Sid, que se justificó: “Quiero esas botas... si le mato, las botas son mías, ¿verdad?”.
Sí, criatura, lo que tú digas. Cuesta creer a los que le trataron íntimamente y juran que era un tipo despierto, capaz de razonar. Desdichadamente, eso sólo ocurría cuando se desprendía de la máscara que le habían puesto: la encarnación del punk, la apoteosis del me-importa-una-mierda. Se trataba de una pose interiorizada con ferocidad: Boy George, que le recuerda de Sex, el centro de reclutamiento de Malcolm McLaren y la diseñadora Vivienne Westwood, le retrata como el único dependiente agradable de la boutique.
                      Vicious, con Rotten, Paul Cook y Steve Jones.
Había nacido el 10 de mayo de 1957 y quizá se llamaba John Simon Ritchie (digo “quizá” ya que aparecen variaciones del nombre en diferentes fuentes). Hijo de madre soltera, Anne Beverley, una especie de hippy con conocimiento práctico de muchas drogas. En el colegio, cayó bajo el hechizo de John Lydon, viperino zascandil de sangre irlandesa. Una amistad desigual –“Sid era el perrillo faldero de Johnny” –que también perecería en la hoguera del frenesí punk. Siguiendo los pasos del rebautizado Johnny Rotten, Sid se introdujo en el elitista batallón del primer punk londinense. Sin habilidades musicales, debutó -y fue despedido a continuación- aporreando una batería con Siouxsie & the Banshees. Destacaba más por su delgadez y su altura: casi 1,90. Chrissie Hynde, luego con los Pretenders, le regaló una cadena con cerrojo que se convertiría en parte del look del punk.
Aquel círculo consideraba el sexo una enojosa debilidad, todo lo más un desahogo físico. Sid asentía: el coito, explicaba perplejo, no le daba ningún placer. Hasta que apareció Nancy Spungen. Descendiente de una familia bien de Filadelfia, fue todo precocidad en flipes y fornicio. Llegó a Londres como groupie, tolerada por los New York Dolls y los Heartbreakers. Cayó mal: “Una americana mandona, dispuesta a coleccionar polvos”. Algunos quisieron inmortalizarla como prototipo: nada irrita más a Courtney Love que se la describa como “la Nancy Sprungen del grunge”.
Nancy tenía mucho mundo. En Londres susurraban que sacó pasta ejerciendo la prostitución, “ya sabes, va con viejos”. Se topó con el asexuado Sid... ¡y saltaron chispas! Nancy despertó los sentidos del chaval, que contó a partir de entonces con una incansable cheerleader que le jaleaba su genialidad: “Tú eres el alma de los Pistols”. También, ay, la “sofisticada” Nancy le retó –“¿Eres un hombre o un niño?”– a inyectarse heroína. Ya sabemos cuál fue su respuesta.
Con asombrosa unanimidad, el clan de los Pistols detestó a Nancy. Hubo algún torpe intento de facturarla de vuelta a Nueva York y Sid sacó las garras. Bueno, se consolaron, al menos le tiene tranquilo con el jaco. No siempre: una discusión en el hotel Ambassador terminó con Sid machacándole la cara contra una pared; cuando los empleados vieron la sangre, llamaron a la policía antes de informar a la pareja -hipocresía redomada- de que preferirían no seguir contándoles como clientes.
Les separaron brevemente cuando los Pistols fueron a practicar el terrorismo cultural por Estados Unidos: “Sid, los grupos de verdad viajan sin novias”. En la tierra del dólar, Sid jugó al papel de rock star: ligaba desde el escenario y luego contaba maravillado que la rubia neumática de Tulsa ¡resultó ser un tío!   En un restaurante de camioneros, un nativo quiso presumir de duro, apagando un cigarrillo en su propia mano; impertérrito, Sid se hizo un tajo en la muñeca y siguió zampando su hamburguesa, ahora sazonada con su propia sangre.
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"Tú eres el alma de los Pistols", Nancy Spungen encadenada a Sid.
Sólo había un inconveniente: la dificultad de pillar caballo en la América profunda a la que habían sido enviados por el imaginativo McLaren. Intentó resolverlo escribiendo, sobre su pecho desnudo, gimme a fix (“dadme un pico”). Los Pistols entraron en combustión espontánea en San Francisco, el 14 de enero de 1978. Un asqueado Rotten volvió al Reino Unido, los zoquetes Jones y Cook volaron a Brasil para rodar su encuentro con Ronnie Biggs, el ladrón del tren de Glasgow.
Sid consiguió heroína en Frisco: atravesó una puerta de cristal de su hotel, terminó en un hospital tras una sobredosis. En el avión a Londres, su cuerpo le dio otro susto tras atiborrarse de alcohol y valium. Nancy le convenció de que su destino estaba en Nueva York. Allí eran reyes en los antros de Manhattan. Lo malo es que el buque de los Pistols se había hundido y los abogados afilaban sus plumas de litigar. El escaso dinero que les llegaba se evaporaba en camellos. Nancy, siempre práctica, impulsó The Idols, una banda con almas gemelas para respaldar a Sid y hacer bolos.
Hay media docena de discos que recogen conciertos de su etapa neoyorquina, caóticos recorridos por un repertorio de batalla: temas de los Pistols, Eddie Cochran, los New York Dolls. Pero eran pequeños locales y la pareja de yonquis estaba siempre en las últimas, cada uno peleando por el fondo de la papela. La fama de Sid y la promesa de dinero les convertían en imán de colgados, dealers de tercera y aspirantes a punkis.
El 12 de octubre, la policía se presentó en la habitación 100 del Chelsea Hotel, donde la pareja tenía su guarida. Nancy, en bragas y sujetador, yacía muerta en el lavabo, en un charco de sangre procedente de una cuchillada en el abdomen. Sid, incoherente, fue detenido y no salió hasta que Virgin pagó su fianza de 50.000 dólares. Los indicios le acusaban. Él decía no recordar nada. Tratándose del país de las conspiraciones, surgieron hipótesis alternativas: la venganza de un camello, un robo al que Nancy intentó oponerse, la CIA, McLaren. Lo extraordinario es que Vicious siguió telefoneando a la familia de Nancy sin explicarse ni disculparse.
La coda final fue patética. Hubo tibios intentos de suicidio: “¡Quiero estar solo, quiero estar con mi Nancy!”. Otro arresto, por romper un vaso en la cara del hermano de Patti Smith. A pesar de las palizas en la cárcel, iba de gallito. Una desintoxicación en falso. Novias fugaces. Y la madre, que se plantó en Nueva York para cuidar de “mi Sid”, tras recaudar una cantidad para su defensa montando un concierto encabezado por los Clash. Entre sus funciones, estaba la de pillar heroína: su Sid era demasiado conocido como para arrastrarse por las calles buscando suministro.
El 1 de febrero de 1979, madre e hijo se pincharon en el apartamento de un amigo. Se amodorraron. Sid se despertó, buscó el resto y se inyectó otra dosis. Al día siguiente, Beverly quiso despertarle con una taza de té. Estaba frío, inmóvil, sin pulso.
Sid fue inmortalizado en Sid and Nancy, una ambigua película de Alex Cox que embellece la realidad. Corría el año 1986 y la Pareja Infernal se convertía en Romeo y Julieta, versión punk. Para entonces, hasta el más lerdo sabía que la ruta Vicious no tenía salida. Hubo, dicen, más de un desdichado que entró en la heroína siguiendo su ejemplo: de Darby Crash, cantante de los californianos Germs, se cuenta que su dosis final fue un “homenaje” al gran Sid. Pero, cuando el punk triunfó finalmente en Estados Unidos, entrados los 90, ya estaba purgado de impulsos autodestructivos: de hecho, había generado el movimiento straight edge, vegetarianos politizados que rechazan todo tipo de drogas y que han relegado a Sid al desván de los antecedentes embarazosos. El Chelsea Hotel, en su campaña de adecentamiento, hizo reformas para que desapareciera la habitación 100, que atraía a clientes necrófilos.
La principal herencia musical de Sid está en el gusto de los comandos punkis por destripar canciones insospechadas. Cierto que no fue suya la idea gamberra de grabar My way, el empalagoso himno de Sinatra, personalizada con confesiones autobiográficas: “Sí, yo maté al gato” (una de las muestras de la dureza de Sid). El impacto de su versión, presente incluso en la banda sonora de Uno de los nuestros, abrió la veda: ya no hay canción libre de ser violada a base de decibelios. Resulta, ya sabes, irreverente y, si apuntas bien, puedes encontrar un pelotazo. Como evidencia, ahí está la recopilación All covered in punk (EMI, 2002). Más underground es la serie Punk Chart-busters, donde bandas de todo el planeta atacan desde We are the world a La vida loca.
Por si quedaba alguna duda, McLaren se empeñó en triturar la hipotética aportación creativa de Vicious. Asegura al que escuche que el sufrido Matlock fue quien, clandestinamente, tocó sus partes de bajo en los discos. Dado el alejamiento de “estrategias” McLaren respecto a la cotidianidad de los Pistols, tal vez no sea el testigo más fiable.
Su bendita mami intentó establecer un homenaje anual a la memoria de su cachorro: una marcha desde Sloane Square a Hyde Park. En el primer aniversario de su muerte, mil punkis acudieron a la cita y comprobaron que la señora no se había presentado: estaba internada en un hospital, tras un pasote de drogas. Ella siempre insistió en que su Sid se quitó la vida voluntariamente y hasta mostraba una nota garabateada donde se despedía del mundo y pedía ser enterrado junto a su amada.
Los que la conocen añaden que, años después, cuando ya se había evaporado el cuarto de millón de libras esterlinas que sacó a McLaren, Anne Beverley solía ir a los pubs con una caja de zapatos que, aseguraba ella, contenía las cenizas del difunto. El “soy la madre de Sid” garantizaba que alguien pagaría sus consumiciones. Gran bebedora, más de una vez se le cayó la caja. Y los supuestos restos incinerados se fueron mezclando con el húmedo serrín de aquellos establecimientos. Perfecta metáfora de la inutilidad de cierta gloria.
Reportaje de Diego A. Manrique a la revista Rolling Stone

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